viernes, 30 de abril de 2010
Siempre llegaba silencioso, su trabajo le exigía un silencio sepulcral. Su mujer lo esperaba siempre muy atenta, él era un ritualista. Abría la puerta de su hogar sin proferir alguna palabra hacía una seña a su mujer y se dirigía al baño a lavar su rostro pintado de blanco y negro. Él era un mimo. Después de haber limpiado su rostro él se sentía con derecho a hablar, a decir cualquier cosa. Un día luego de haber tenido una jornada larga de trabajo él fue testigo de un crimen, él sabía quien fue el asesino, pero él el mimo, el mimo mismo no podía proferir palabra alguna mientras fuera un mimo. Su mujer lo miró muy detenidamente había algo en su rostro desmaquillado que era ajeno al rostro de su esposo. -¿Cómo te fue? Hoy te ves distinto.- Él respondió. –Hoy fue un día muy raro. Yo sabía que iba a ir a un hospital a actuar pero no sabía a que tipo de hospital me dirigía. Cuando llegué a ese lugar, la enfermera que me contrató me esperaba ansiosamente. “Buenas tardes, los niños lo están esperando”. Tú sabes que cuando soy un mimo no hablo nada. La saludé con una seña y me disponía a empezar su actuación. La sala estaba repleta de niños, había algo en ellos que los hacía ver distintos a otros niños, no dije nada sólo miré a la enfermera tampoco sé cual fue mi expresión en ese momento pero ella al mirarme me dijo: “Es que son niños psicóticos, bueno también les dicen niños locos”. Nunca había actuado ante un público así. Desde esas palabras proferidas por la enfermera mi actuación había comenzado, no sé porque hice un rostro de tristeza ante tal noticia. La enfermera me miró y se echó a reír. “Ande, actúe para ellos, no para mí”. No sabía como empezar, esta vez había olvidado la rutina. Improvisé. Lo único que se me ocurrió representar fue un hombre hambriento. Cuando ese hombre miraba u olía algún alimento se sobaba la panza, como sí tranquilizara a sus tripas. No lo entendía pero ante cada movimiento de esos, los niños soltaban una carcajada. Mi cuerpo era el escenario y no lo que yo intentaba representar. Esos niños no ponían palabras a lo que yo hacía, como me había sucedido con otros niños. Estos niños del hospital recibían el lenguaje de mi cuerpo así en bruto. Luego me dejé llevar. Representé a un hombre que no podía abrir una puerta, finalmente cuando aquel hombre pudo entrar un niño se levantó y cruzó aquella puerta. Luego los demás lo siguieron. Era impensable, yo era más que un mimo y ellos eran más que un simple público, era como si mis señales, mis movimientos, mi cuerpo les contara todo a ellos sin que ellos tuviesen que pensar en lo que yo les actuaba.- Luego de haber proferido tal discurso él se llevó sus manos al rostro y con ligeros sollozos intentaba dejar de ser un mimo. Aquel día a diferencia de todos los días en que él llegaba de trabajar, él aún seguía siendo un mimo sin maquillaje. Él supo que por aquella puerta que cruzó junto aquellos niños no se podía regresar. Él había advenido un mimo para siempre en todos lugares a todas horas. Su mujer le dijo: “¿Estas loco, hoy no has dicho nada desde que te dije que hoy te veías distinto? Lo único que hiciste fue actuar, estás bromeando. ¿Qué te ha sucedido amor?” Él se llevó sus manos al rostro e hizo la señal de llanto.
Él sabía que nunca más volvería a verla. La tarde en que se depidieron ella le opacó sus gafas con el contacto de su mejilla. Sí, en ese momento él lo supo. Pensaba que aquella mancha le hacía mirar a toda la gente como si estuviera detrás de un aparador observando la desfiguración de los cuerpos que produce el agua de una tormenta. -¿Qué hacer?- Él se preguntaba. La opacidad empezaba a extenderse lentamente hacia su piel y él en cada suspiro clamaba por ella. Ella, sí, ella. -¿Cómo era posible que ella quedara confinada a una mancha en unas gafas?- Él seguía preguntando. Aquella tarde él sólo recordaba un cuento que había leído y que en aquel entonces le parecía tan lejano, ahora estaba tan cerca de su piel. "El anular"era el nombre del cuento y una mujer japonesa responsable de ese relato lo había inquietado aquella fría tarde cuando él devoró esa pequeña historia. Él pensó -Quisiera viajar al edificio del señor Deshimaru. Llamar a la puerta, esperar esos eternos segundos que se amontonan cuando alguien tiene prisa por arrivar a un lugar y decirle a la secretaria: "Busco al Sr. Deshimaru, quiero hacer de estas gafas un especimen".- Pero eso para él confirmó la desaparición de ella. Él rompió en llanto. Apenas llegó a su casa y él se quedó profundamente dormido, él no pudo quitarse las gafas. Él soñaba:
-Buenas tardes señor Deshimaru, me dijo su secretaria que usted estaba ocupado y que esperara aquí.
-Buenas tardes joven. No sé cómo llegó usted a este lugar, por lo que veo usted ni siquiera es oriental, pero eso no importa. Usted encontró este lugar para algo y ambos sabemos qué es ese algo.
-Sí...
-Joven, ocurre muy amenudo que la gente esté cabizbaja como usted lo está, pero...
-Lo sé, le entrego a ella Sr. Deshimaru. Haga lo que tenga que hacer. ¿Con quién tengo que hacer el pago por esto?
-Con mi bella secretaria joven, hágalo con ella.
-Hasta luego.
Él despertó con el cuello torcido, aún traía sus anteojos puestos, pero la mancha había desaparecido. Sus movimientos hicieron que la sábana borrara la mancha de las gafas. Él miró detenidamente sus gafas y se echó a reir. Sonó el teléfono, era ella.
-Hola he estado pensando en tí.
Él respondió.
-Hola, mucho gusto en conocerte.
sábado, 24 de abril de 2010
viernes, 16 de abril de 2010
pasión
biblioteca de babel
" biblioteca de Babel" de Miháy Bodó.Increíble imagen que me trastornó, aunque Borges no me agrada uno de sus cuentos está convocado en esta imagen.
Gracias a D.V.
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